Barcelona ha cerrado 2025 con los mejores datos de calidad del aire desde que existen registros sistemáticos. Los niveles de dióxido de nitrógeno (NO₂) han descendido por tercer año consecutivo, consolidando una tendencia positiva que sitúa a la ciudad incluso por debajo de los valores registrados en 2020, el año de la pandemia y la drástica reducción del tráfico.
Los datos, publicados por la Agència de Salut Pública, confirman una reducción generalizada del NO₂ de entre el 4% y el 12% en las diez estaciones de medición repartidas por la ciudad. Desde un punto de vista técnico, se trata de un hito relevante: indica que las políticas estructurales —y no solo circunstancias excepcionales— empiezan a tener un impacto medible.
Cumplimos la normativa actual, pero no los objetivos futuros
Pese a esta evolución favorable, los resultados deben leerse con cautela. Barcelona cumple actualmente el límite legal vigente de la Unión Europea (40 µg/m³), pero aún no alcanza el valor límite que entrará en vigor en 2030, fijado en 20 µg/m³.
Más preocupante es la distancia respecto a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, que establecen un umbral de 10 µg/m³. Este valor se supera en todas las zonas de la ciudad y de forma sostenida durante todo el año, lo que pone de manifiesto que el cumplimiento normativo no siempre equivale a una protección óptima de la salud.
La movilidad, clave en la mejora de la calidad del aire
El Ayuntamiento atribuye buena parte del descenso a la renovación del parque de vehículos y a la mejora del transporte público. Actualmente, los vehículos con etiqueta Eco o Cero representan cerca del 31% del total, mientras que los vehículos más contaminantes han ido perdiendo peso.
A ello se suma el buen funcionamiento del metro, el autobús y el tranvía, así como el objetivo estratégico de que en 2030 todos los ciclomotores de la ciudad sean eléctricos. Este conjunto de medidas apunta en una dirección clara: la reducción sostenida del NO₂ solo es posible con cambios estructurales en la movilidad urbana.
Desigualdades territoriales y factores puntuales
No todas las zonas de la ciudad respiran igual. Las estaciones del Eixample y de Gràcia–Sarrià Sant Gervasi continúan registrando los valores más elevados, aunque también han experimentado descensos significativos. Se trata de estaciones calificadas como “de tráfico”, fuertemente condicionadas por la circulación viaria.
Este hecho recuerda una cuestión clave en el análisis ambiental: los datos deben contextualizarse. Obras, desvíos de tráfico o cambios puntuales en la movilidad pueden influir en los resultados, pero no explican por sí solos la tendencia general.
Calidad del aire y salud: el indicador decisivo
La mejora de la calidad del aire no es solo una cuestión ambiental, sino un factor determinante de salud pública. La exposición crónica a contaminantes atmosféricos se asocia a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y respiratorias, cáncer de pulmón, diabetes y patologías neurodegenerativas.
Los datos preliminares de 2025 apuntan a una reducción de entre el 40% y el 45% de la mortalidad atribuible a la contaminación respecto al periodo 2018–2019. Aun así, la cifra sigue siendo elevada: 1.100 muertes anuales relacionadas con la calidad del aire.
Una conclusión clara: avanzar sin relajarse
Barcelona avanza en la dirección correcta, pero no puede permitirse la autocomplacencia. Alcanzar los objetivos de 2030 requerirá acelerar la transición hacia una movilidad limpia, reducir la dependencia del vehículo privado e integrar la calidad del aire como un indicador central en la planificación urbana.
Para ciudades como Barcelona —y para el conjunto del territorio— la calidad del aire no es solo una variable ambiental: es un termómetro de salud, equidad y sostenibilidad. Y, sobre todo, un reto que todavía no está resuelto.