La lluvia no hace desaparecer la contaminación: ¿dónde va a parar lo que había en la atmósfera?

Después de un día de lluvia, el aire parece más limpio, pero la relación entre lluvia y contaminación es más compleja de lo que parece. La lluvia no hace desaparecer los contaminantes. Los saca de la atmósfera y los lleva a otro lugar: al suelo, a los ríos, al mar y a la red de alcantarillado.

En otoño, cuando llegan los primeros frentes y las lluvias vuelven después del verano, esta pregunta tiene todo el sentido. ¿Qué se lleva realmente el agua? ¿Qué sigue en el aire? ¿Y dónde acaba todo lo que había en la atmósfera?

Cómo limpia la lluvia la atmósfera

Los científicos hablan de depósito húmedo para referirse a todos los contaminantes que llegan a la superficie con la precipitación. Este proceso funciona de dos maneras distintas.

  • Dentro de la nube. Muchas partículas actúan como núcleo para que se condense el vapor de agua. Cuando esas gotas crecen y caen, la partícula baja con ellas.
  • Por debajo de la nube. Las gotas de lluvia, mientras caen, chocan con las partículas y capturan gases solubles. Es lo que se suele llamar lavado de la atmósfera.

Ambos mecanismos son reales e importantes. Sin embargo, no tienen la misma eficacia para todos los contaminantes. De hecho, aquí está la clave de por qué la lluvia no lo resuelve todo.

Lluvia y contaminación: no todos los contaminantes se van igual

Las partículas grandes caen rápido

Las partículas gruesas, de más de 2 micrómetros, son las que la lluvia captura con más facilidad. Por eso el PM10, que incluye buena parte de esta fracción, suele bajar claramente en poco rato de lluvia. Según un estudio publicado en Atmospheric Chemistry and Physics, con una lluvia débil de un milímetro por hora la fracción gruesa ya se reduce mucho en menos de una hora.

Las partículas finas se resisten

Las partículas de entre 0,1 y 1 micrómetro son otra historia. Son demasiado grandes para moverse hacia las gotas por difusión y demasiado pequeñas para chocar con ellas por inercia. Por eso, por debajo de la nube, la lluvia apenas las captura. Es un fenómeno conocido como Greenfield gap.

Esta franja coincide con una parte importante del PM2,5. Es decir, después de una lluvia débil, el aire puede quedar libre de polvo grueso pero conservar buena parte de las partículas finas, que son precisamente las que más preocupan por la salud.

Los gases poco solubles se quedan en el aire

Con los gases, todo depende de la solubilidad. El amoníaco (NH3), el dióxido de azufre (SO2) o el ácido nítrico se disuelven bien en el agua y la lluvia los arrastra. En cambio, el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono (O3) o el monóxido de carbono (CO) son poco solubles. La lluvia, por sí sola, casi no los saca de la atmósfera.

Entonces, ¿por qué el aire parece más limpio después de llover?

A menudo, la mejora no la hace solo el agua. La lluvia suele llegar con un cambio de tiempo: un frente, más viento y una masa de aire nueva. Ese cambio mezcla y renueva el aire que se había acumulado sobre la ciudad.

Por eso, la lluvia que llega con un frente y viento suele mejorar mucho más la calidad del aire que una llovizna en un día en calma. Al contrario, si llueve poco y la atmósfera sigue estable, el NO2 y las partículas finas pueden volver a subir rápidamente. Como explicábamos en el artículo sobre partículas ultrafinas, lo que no se ve también forma parte de la calidad del aire.

Dónde va a parar la contaminación que arrastra la lluvia

Aquí llega la parte menos visible de la relación entre lluvia y contaminación. Lo que sale del aire no desaparece: cambia de lugar.

Al suelo y a los ecosistemas

Los compuestos de nitrógeno y de azufre que arrastra la lluvia llegan a los bosques, los prados y los cultivos. Hace décadas, el azufre provocó la acidificación de lagos y bosques en Europa. Hoy, el gran reto es el nitrógeno, que abona en exceso los ecosistemas y favorece la eutrofización.

Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, en 2023 unos 1,07 millones de km² de ecosistemas de la UE recibían más nitrógeno del que pueden tolerar. Es un 14 % menos que en 2005, pero todavía lejos del objetivo europeo de reducirlo un 25 % en 2030.

Al agua de los ríos y del mar

Una parte de lo que cae sobre el territorio acaba en los ríos, los embalses y las zonas costeras. Además, metales pesados como el plomo, el cadmio o el mercurio también llegan al agua por esta vía.

A las calles y al alcantarillado

En la ciudad hay otro efecto. Durante los días secos, en el pavimento se acumulan partículas, restos de frenos y neumáticos y polvo de la calzada. La primera lluvia fuerte lo lava todo y lo envía al alcantarillado. Por eso, el agua de los primeros minutos de lluvia suele ser la más cargada de contaminantes.

También se mide la contaminación que trae la lluvia

Saber qué llega con la lluvia requiere equipos específicos. Los captadores de depósito húmedo, conocidos como wet-only, solo se abren cuando llueve. Así recogen el agua de lluvia sin mezclarla con el polvo que cae los días secos.

Estas muestras se analizan en el laboratorio para conocer su pH, su conductividad y los iones principales: sulfato, nitrato, amonio, cloruro, sodio, calcio, magnesio y potasio. Además, en algunas estaciones también se miden metales pesados y mercurio.

A escala europea, el programa EMEP recoge estos datos desde 1977. Nació precisamente por la preocupación por la lluvia ácida y sirve para entender cómo viaja la contaminación entre países. En España, parte de estas mediciones se realiza en las estaciones de fondo de la Agencia Estatal de Meteorología.

Medir el aire y la lluvia: dos caras del mismo dato

Un día de lluvia puede hacer bajar los niveles que marcan los analizadores de aire. Sin embargo, eso no quiere decir que el problema se haya resuelto. Quiere decir que una parte de la contaminación ha pasado del aire a la superficie.

Por eso hay que interpretar los datos con contexto: cuánto ha llovido, con qué intensidad, si ha habido cambio de viento y qué contaminantes se han medido. Solo así se puede distinguir una mejora real de una mejora momentánea. Es la misma idea que defendíamos en datos ambientales fiables: un dato solo es útil si se entiende de dónde viene.

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